FÁBULA SOBRE LA DIVERSIDAD

En una pequeña comunidad de las afueras, una jirafa había construido una nueva casa para su familia. Era una casa ideal para jirafas, con una entrada y unos techos altísimos. Las altas ventanas aseguraban el máximo de luz y buenas vistas a la vez que protegían la privacidad de la familia. Los vestíbulos estrechos ahorraban un espacio importante sin comprometer la comodidad. Estaba tan bien hecha que le concedieron el Premio Nacional de Jirafas a la Casa del Año. Sus propietarios estaban muy orgullosos.

Un día, la jirafa estaba trabajando en su moderno taller de carpintería situado en el sótano y miró por la ventana. Bajando por la calle iba un elefante:

- "Yo le conozco"- pensó. -"Trabajamos juntos en el comité del APA. Me pareció un trabajador excelente. Voy a preguntarle si quiere ver mi nuevo taller. Quizá incluso podamos trabajar juntos en algún proyecto"-

Así pues, la jirafa asomó la cabeza por la ventana e invitó a entrar al elefante.

El elefante estaba encantado: él también había disfrutado el trabajar con la jirafa y estaba deseando conocerle mejor. Además, había oído hablar de la carpintería y quería verla. Así que se acercó a la puerta del sótano y esperó a que se abriera.

-"Pasa, pasa”- dijo la jirafa. Pero inmediatamente se encontraron con un problema: la cabeza del elefante cabía por la puerta, pero no había manera de que su cuerpo entrara.

-"Menos mal que hicimos esta puerta extensible para poder meter mejor el equipo y los materiales en la carpintería"- dijo la jirafa. -"Dame un minuto mientras soluciono este problemilla"-

La jirafa quitó algunos cerrojos, aflojó las bisagras y retiró los paneles. El elefante pudo pasar.

Poco después, ambos se encontraban felizmente inter­ cambiando anécdotas de su trabajo cuando, de repente, la mujer de la jirafa metió la cabeza por las escaleras del sótano y llamó a su marido:

- " ¡AI teléfono cariño! Es tu jefe". "Mejor subo y lo cojo en el cuarto de estar"- dijo la jirafa al elefante. -"Por favor, ponte cómodo, esto puede que me lleve un rato"-

El elefante miró a su alrededor. Vio una pieza todavía sin acabar sobre el torno de la esquina más alejada y decidió examinarla más detenidamente. Pero, según se movió hacia la entrada de la tienda, oyó un crujido que no aseguraba nada bueno. Retrocedió y, rascándose la cabeza, pensó:

- "Quizás deba subir donde está la jirafa"- Pero, según comenzó a subir las escaleras, oyó como estas empezaban a resquebrajarse. Bajó de un salto y se cayó contra la pared. ¡La pared también se desmoronaba! Mientras estaba allí sentado, despeinado y consternado, la jirafa bajó por las escaleras.

- "Pero... ¿qué está pasando aquí?"- preguntó la jirafa asombrada. -"Estaba intentando ponerme cómodo"- contestó el elefante. La jirafa miró alrededor.

-"¡Ah! Ya veo cuál es el problema. La entrada es demasiado estrecha. Tendremos que hacerte más delgado. Hay un gimnasio aquí cerca que ofrece clases de aeróbics. Si te apuntas, podríamos conseguir que bajaras de talla"-

-"Es posible..."-murmuró el elefante, no muy convencido.

- "Y las escaleras son demasiado débiles para soportar tu peso"­ continuó diciendo la jirafa. -"Si te apuntaras a unas clases nocturnas de ballet, estoy seguro de que eso ayudaría a que bajaras de peso. Realmente espero que lo consigas. Me encantaría tenerte aquí"-

-"Quizás"- dijo el elefante. -"Pero, para serte sincero, no estoy muy seguro de que una casa diseñada por y para una jirafa pueda servir en algún momento para un elefante. Al menos, no hasta que se produzcan algunos cambios importantes".

R. Roosevelt Thomos &Building, 2009

EL ARCA DE NOÉ

En el arca de Noé los animales llevaban tanto tiempo que empezaron a organizar juegos y actividades para divertirse. Pero no tuvieron mucho cuidado, y en uno de los juegos un pájaro carpintero terminó haciendo un agujero en el fondo del arca.

El agujero empezó a crecer y en poco tiempo comenzó a entrar muchísima agua. Uno a uno, distintos animales trataron de arreglarlo. Peleándose incluso por ser los que salvaran el barco pero ni siquiera la presa del castor pudo hacer nada.

Empezaron a asustarse y pensaron que el barco se hundiría, pero entonces la abeja explico a todos cómo ellas siempre trabajaban todas juntas y en equipo, cada una haciendo lo que mejor sabía, y todos comenzaron a organizarse y ayudarse: los pájaros tiraban todos juntos del barco hacia arriba, los elefantes y otros animales grandes llenaban sus bocas de agua para sacarla del barco, los más rápidos iban de acá para allá juntando materiales que los que construían nidos y madrigueras utilizaban para arreglar el boquete cada vez mayor.

Así, todos trabajando, consiguieron frenar un poco el hundimiento, pero no pararlo. Desesperados, siguieron buscando si faltaba algún animal por ayudar.

Buscaron y buscaron, pero en el barco no había nadie más. De repente, un pez se coló en el barco, y los animales se dieron cuenta que aún no habían pedido ayuda a todos los animales del mar. Pidieron al pez que buscara ayuda para salvar el barco, y acudieron peces y peces, y hasta una gran ballena que terminó por cubrir el agujero mientras el resto de animales reparaban el barco. Y así fue como todos los animales se salvaron con la ayuda de todos.

Autor. Pedro Pablo Sacristán

LA HORMIGUITA PEPITA Y EL TRABAJO EN EQUIPO

Había una vez una hormiguita llamada Pepita. Era muy trabajadora y vivía con miles de hormiguitas más. Ella quería saber cómo podría llevar más granos para que no les faltara alimento para el invierno pues había hormiguitas enfermas que pensaban que tal vez morirían de hambre.

Pepita pensó y pensó, hasta que decidió reunir a todas las hormiguitas y les dijo:

¿Sabes qué fue lo que se le ocurrió a la hormiga Pepita?

Se le ocurrió que debían trabajar en equipo, en solidaridad, asociadas, todas buscando un fin común.

Siempre salía cada hormiguita sola a buscar el alimento, pero nunca habían hecho una exploración en equipo para saber dónde podían encontrar más. Un día, luego de haber decidido buscar la comida en equipo, encontraron una ciudad muy grande. Las hormiguitas se pusieron felices, pero lo mejor de todo era que las personas que vivían allí... ¡Eran muy gordos!

¡Esto era una noticia maravillosa para las hormiguitas, porque significaba que habría muuucha comida!

Entonces las hormiguitas trabajaron con mucho entusiasmo y recolectaron mucho más granos que antes y no les faltó alimento a ninguna por muuuuchos años.

EL PEQUEÑO BOSQUE JUNTO AL MAR

Había una vez un pequeño poblado separado del mar y sus grandes acantilados por un bosque. Aquel bosque era la mejor defensa del pueblo contra las tormentas y las furias del mar, tan feroces en toda la comarca, que sólo allí era posible vivir. Pero el bosque estaba constantemente en peligro, pues un pequeño grupo de seres malvados acudía cada noche a talar algunos de aquellos fuertes árboles. Los habitantes del poblado nada podían hacer para impedir aquella tala, así que se veían obligados a plantar constantemente nuevos árboles que pudieran sustituir a los que habían sido cortados.

Durante generaciones aquella fue la vida de los plantadores de árboles. Los padres enseñaban a los hijos y éstos, desde muy pequeños, dedicaban cada rato de tiempo libre a plantar nuevos árboles. Cada familia era responsable de repoblar una zona señalada desde tiempo inmemorial, y el fallo de una cualquiera de las familias hubiera llevado a la comunidad al desastre. Por supuesto, la gran mayoría de los árboles plantados se echaba a perder por mil variadas razones, y sólo un pequeño porcentaje llegaba a crecer totalmente, pero eran tantos y tantos los que plantaban que conseguían mantener el tamaño de su bosque protector, a pesar de las grandes tormentas y de las crueles talas de los malvados.

Pero entonces, ocurrió una desgracia. Una de aquellas familias se extinguió por falta de descendientes, y su zona del bosque comenzó a perder más árboles. No había nada que hacer, la tragedia era inevitable, y en el pueblo se prepararon para emigrar después de tantos siglos.

Sin embargo, uno de los jóvenes se negó a abandonar la aldea. "No me marcharé", dijo, si hace falta fundaré una nueva familia que se haga cargo de esa zona. Y yo mismo me dedicaré a ella desde el primer día".

Todos sabían que nadie era capaz de mantener por sí mismo una de aquellas zonas replantadas y, como el bosque tardaría algún tiempo en despoblarse, aceptaron la propuesta del joven. Pero al hacerlo, aceptaron la revolución más grande jamás vivida en el pueblo.

Aquel joven, muy querido por todos, no tardó en encontrar manos que lo ayudaran a replantar. Pero todas aquellas manos salían de otras zonas, y pronto la suya no fue la única zona en la que había necesidad de más árboles. Aquellas nuevas zonas recibieron ayuda de otras familias y en poco tiempo ya nadie sabía quién debía cuidar una zona u otra: simplemente, se dedicaban a plantar allí donde hiciera falta. Pero hacía falta en tantos sitios, que comenzaron a plantar incluso durante la noche, a pesar del miedo ancestral que sentían hacia los malvados podadores.

Aquellas plantaciones nocturnas terminaron haciendo coincidir a cuidadores con exterminadores, pero sólo para descubrir que aquellos “terribles" seres no eran más que los asustados miembros de una tribu que se escondían en las laberínticas cuevas de los acantilados durante el día, y acudían a la superficie durante la noche para obtener un poco de leña y comida con la que apenas sobrevivir. Y en cuanto alguno de estos ''seres" conocía las bondades de vivir en un poblado en la superficie, y de tener agua y comida, y de saber plantar árboles, suplicaba ser aceptado en la aldea.

Con cada nuevo “nocturno" el poblado ganaba manos para plantar, y perdía brazos para talar. Pronto, el pueblo se llenó de agradecidos “nocturnos" que se mezclaban sin miedo entre las antiguas familias, hasta el punto de hacerse indistinguibles. Y tanta era su influencia, que el bosque comenzó a crecer. Día tras día, año tras año, de forma casi imperceptible, el bosque se hacía más y más grande, aumentando la superficie que protegía, hasta que finalmente las sucesivas generaciones de aquel pueblo pudieron vivir allá donde quisieron, en cualquier lugar de la comarca. Y jamás hubieran sabido que tiempo atrás, su origen estaba en un pequeño pueblo protegido por unos pocos árboles a punto de desaparecer.

Pedro Pablo Sacristán